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Posts Tagged ‘árabe’

Ayer, día 3 de noviembre, los tabloides británicos amanecían con un titular de lo más rotundo: “El Reino Unido se prepara para un eventual conflicto armado con Irán”. ¡Guerra y más guerra! Y eso es todo lo que los medios mencionan. Puedes rebuscar hasta aburrirte, que no encontrarás más explicación para semejante declaración que el hecho de que el Estado de los ayatolás está desarrollando tecnología nuclear. ¡Ah! Y un presunto intento de asesinato contra los embajadores de Israel y Arabia Saudí, ¡en suelo estadounidense!, que rezuma propaganda contra los persas y excusas baratas para iniciar hostilidades por los cuatro costados. Yo, personalmente, no me creo nada.

En cuanto a la energía nuclear, es un tema que me resulta muy curioso: por una parte, Irán ha reconocido que está desarrollando centrales atómicas únicamente para su uso civil. Puede ser cierto, o no. Pero, ¿y si no lo es? Estados Unidos, así como su socio Israel, poseen armas nucleares. ¿Por qué ellos pueden decidir quién puede y quién no disponer de ellas? Vistos los antecedentes, el país norteamericano es infinitamente más propenso a iniciar hostilidades atacando a otros Estados soberanos. Claro que, disponiendo de un arsenal nuclear, Irán se serviría del mismo para abortar cualquier intento de invasión, tal y como ha sucedido recientemente en Afganistán, o su vecino Iraq. Se convertiría en una poderosísima disuasión para aquellos que pretendan atacarles. Si no, que se lo pregunten a Pakistán.

Por otra parte, Irán es enemigo declarado del régimen sionista (como ellos lo llaman) pero, hasta el momento, sus acciones se han limitado a intentos de desestabilización a través de mecanismos propios de la Guerra Fría. Nada de ataques directos. Lo mismo que sucede con Arabia Saudí, sus ancestrales rivales regionales e ideológicos. Riad y Teherán han tenido, y tienen, sus más y sus menos, con Iraq como campo actual de disputa y la soberanía como potencia regional de Oriente Próximo siempre como telón de fondo, pero insisto en que un ataque de estas características no encaja con la cautelosa política exterior de la antigua Persia, llena de bravatas pero en extremo cuidadosa. De haber intentado realizar una operación de estas características, las relaciones con Moscú y Pekín, sus principales socios comerciales y valedores en el Consejo de Seguridad de la ONU, podrían verse deterioradas. Y eso no es algo que Irán esté dispuesto a arriesgar. Por tanto, todo indica a un complot orquestado por la CIA y el Mossad, con la connivencia de los servicios secretos saudíes, que verían con buenos ojos una represalia de Washington contra su principal competidor en la región.

¿No hay ningún periodista honrado en nuestros excelsos medios de comunicación, de tan indiscutible rigor informativo, que sea capaz de hablar con claridad acerca de qué va todo este asunto? Recortes en sanidad, en educación, recesión asegurada a largo plazo mientras los grandes bancos, tras los rescates, arrojan beneficios de millones de euros. Pero si EEUU dice que hay que ir a la guerra, financiada con fondos públicos, contra un régimen que, por muy cacareador que sea, es poco dado a iniciar conflictos (tal y como la Historia se encarga de demostrar), ¿a quién le importa? A los británicos (a su Gobierno) enseguida se les olvidan todas las ‘recapitalizaciones’, los ‘rescates’ y las medidas de penitencia impuestas a sus ciudadanos. En nombre de la libertad, la seguridad nacional, la guerra contra el terror, o cualquier nuevo concepto propagandístico que se les ocurra, se apuntan a un bombardeo. En este caso, literalmente. Que viva el dispendio.

Pero no oiremos nada acerca de contratos de compra de armamento de obligado cumplimiento impuestos por el FMI a estados soberanos a cambio de reestructurar abusivas deudas, de ejércitos privados de mercenarios que hay que mantener activos para que continúen generando beneficios, ni mucho menos de por qué EEUU está tan obsesionado con que el programa nuclear persa fracase. Y no es por las famosas bombas, no.

¿A quién le interesa una triunfante potencia gasística y petrolera fuera del control occidental y además intocable, que se autoabastece de energía nuclear, aumentando así su capacidad de exportación y por tanto abaratando los precios del mercado internacional? No será a Washington, ni a sus aliados de Occidente. Tampoco a sus amigos saudíes y su órbita suní. Pero de esto no oiremos nada. No en los medios de comunicación de este mundo, secuestrados por los poderes económicos que los manejan desde las sombras.

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El título, por crudo que sea, refleja el sentir de millones de estadounidenses, así como de ciudadanos del mundo entero. El asesinato, diez años después, del fugitivo más buscado de la historia culmina una persecución que ha traído de cabeza (o eso dicen) a los servicios secretos de medio mundo durante, insisto, diez años. Y digo “asesinato” porque no hay otra palabra que defina mejor cómo ha terminado toda esta historia: disparando a sangre fría a un hombre que, por lo que cuentan ahora, estaba desarmado. Y digo lo de “por lo que cuentan ahora” porque las diferentes versiones, oficiales y no tanto, se han ido sucediendo en las últimas semanas, cada una contradiciendo a la anterior.

Me resulta muy decepcionante, a la vez que deleznable, escuchar las declaraciones del presidente estadounidense, Barack Obama, y los coros complacientes que se suceden desde la Unión Europea (o lo que quede de ella). Así es como el flamante Premio Nobel de la Paz describió los hechos una vez consumado el magnicidio: “Se ha hecho justicia”. Por favor. ¿Es que nos hemos vuelto todos locos? ¿Así es como los líderes occidentales promulgan su omnipresente diatriba de buenas intenciones, basadas en “paz, democracia y derechos humanos”? ¿Asesinando? Debería haber tenido un juicio justo, así lo estipula la Carta de Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos. Todos tenemos derecho a ello. Es muy probable que fuera condenado a galeras por el resto de su vida ¿y qué? Quizá merecía eso y mucho más pero, como a veces sucede, aquellos que ostentan el poder han decidido, y la conclusión alcanzada es que a Osama Bin Laden había que quitarlo del medio cuanto antes.  ¿Y eso, por qué?

Las versiones oficiales dijeron, en un principio, que iba desarmado. Ante la avalancha de críticas a nivel ciudadano (que no político, faltaba más) argumentaron después que sí que iba armado, y que incluso utilizó a una mujer como escudo humano. También se defendieron diciendo que mantenerlo con vida podría acarrearles serios contratiempos. Insisto, ¿a quién, y por qué? Eso es lo que me gustaría saber a mí; mientras tanto, especulo. Seguramente hay multitud de factores que escapan a mi conocimiento, pero teniendo en cuenta la farsa de investigación, o como quieran denominarla, que se realizó en los EEUU tras de los terribles ataques del 11-S,  ya me imagino a quién podría  Bin Laden meter en serios problemas si abriese la boca y alguien tirase del hilo hasta deshacer la madeja. Por eso, lo mejor era quitarlo de en medio, unidad política global en torno al asunto y todos a cerrar el pico. Parafraseando a Adolfo Pérez Esquivel, también Nobel de la Paz, en su carta abierta al presidente Obama,  “muerto el perro, se acabó la rabia”. ¿Y estos tipos se creen mejores que los talibanes que filman decapitaciones y luego las difunden por Internet? En lo concerniente a manipular la opinión pública, no me cabe la menor duda.

 

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“¡Está loco!”, claman algunos. En mi opinión, y en la de cantidad de otras personas mucho más expertas que yo en el tema, nada más lejos de la realidad. Muammar el Gaddafi sabe muy bien lo que hace, y por qué. No en vano lleva más de cuarenta años a las riendas del Estado libio, en un lento pero inexorable proceso de apropiación de los bienes del país, véase petróleo y por ende riqueza, mucha riqueza. Como parte de esta estrategia, denominada por él mismo como “programa socialista de gobierno”, Gaddafi nacionalizó en la década de 1970 toda la empresa privada, incluyendo la tierra, la industria petrolera y los bancos, y permitiendo sólo los pequeños negocios familiares. Y cuando uno lleva tanto tiempo al mando de la situación, con todo bien ordenado y bajo férreo control, no le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

Esto es precisamente lo que ahora está ocurriendo en Libia: su pueblo se ha hartado de su “gestión” y quiere deshacerse de él. Pero Gaddafi, lejos de amedrentarse como recientemente ha sucedido con Ben Ali o Mubarak, ha mirado a este nuevo desafío de frente, y ha cargado contra él con una rabia furibunda, utilizando para ello todos los medios a su disposición, entre los que se incluyen mercenarios, contratados por el Gobierno para disparar contra su propio pueblo. Y me refiero a esta revolución como nuevo desafío porque Gaddafi lleva lidiando, muchos años ya, con todo tipo de situaciones complicadas, y a menudo generadas por él mismo: desde acciones inherentes al terrorismo de Estado (se le acusa de haber apoyado los atentados de la Masacre de Múnich, del derribo de dos aviones civiles o de financiar organizaciones terroristas como ETA o el IRA, entre otros) a su más reciente incorporación a la comunidad internacional extranjera (Entre el final de la década de 1990 y el inicio de los años 2000) tras abandonar el patrocinio de terrorismo en terceros países y efectuar la apertura de los mercados libios a la inversión extranjera, pasando por sus intentos de crear y liderar una Asociación de Repúblicas Árabes.

En cualquier caso, y dejando atrás cualquier otra consideración, lo que no es admisible es la brutalidad con la que el coronel libio trata de reprimir la revolución de su pueblo. Fuego indiscriminado sobre manifestantes, violaciones y torturas, bombardeos sobre poblaciones civiles indefensas… Básicamente, lo que se podría considerar como crímenes contra la humanidad en toda regla. Ante lo que la comunidad internacional, para estupor de sus ciudadanos, no es capaz de imponer más que “condenas y sanciones”. La OTAN, a fecha de hoy, supedita cualquier acción al Consejo de Seguridad de la ONU, bloqueado por las reticencias de Rusia y China a permitir cualquier opción armada, que mantienen (o mantenían) buenas relaciones con Libia, y que además opino no desean ver caer a un régimen que es demasiado parecido a los suyos propios. Aunque Obama no descarta del todo una acción unilateral de la Alianza, ya que sus declaraciones dan a entender que se ha tomado el tema como algo personal, (“Gaddafi debe irse”) y un fracaso en el objetivo marcado supondría una gran merma en su autoridad política, tanto a nivel nacional (hasta los republicanos le piden que actúe) como internacional; situación que, creo yo, hace tanto a rusos como a chinos tomar posiciones aún más reacias, si cabe, a una intervención.

Por su parte, la Liga Árabe da su visto bueno a la creación de una zona de exclusión aérea, aunque la Unión Africana se opone a ello. El caso del papel de esta institución en el conflicto es digno del sarcasmo más refinado, pues la mayoría de los dirigentes que la integran son dictadores también (su actual presidente es Teodoro Obiang, uno de los peores), y fue fundada y avalada ¡por el propio Gaddafi! Así que, como es obvio, también reniegan de una intervención exterior.

Y yo me pregunto: Aún siendo cierto que la incursión militar en un Estado soberano sea un asunto peliagudo y que no debe tomarse a la ligera, ¿tanta inversión en armamentos y entrenamiento de súper soldados para que, cuando llega el momento de utilizarlos para un fin humanista, todo sean peros y reticencias? Es obvio que, una vez más, nadie arriesga nada por nada. Y la máxima de esta afirmación es fielmente representada por Europa, que ha demostrado una vez más estar dotada de un organismo de coordinación supraestatal altamente ineficaz, especialmente en asuntos extraeuropeos. Una vez más, insisto, se ven incapaces de tomar decisiones contundentes y acordes al contexto, condición ésta que fue fielmente reproducida cuando fueron nombrados los actuales presidente y jefa de la diplomacia, ambos de perfil bajo para no hacer sombra al liderazgo del ‘star-system’ continental, véase Merkel, Sarkozy y compañía. Pero ésta es otra historia. ¿Hará el mundo algo más que mirar mientras el pueblo libio muere a manos de un carnicero ególatra y sin escrúpulos?

 

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Ya está. El mundo árabe, la gente que lo compone, ha dicho basta. Y digo árabe aunque estrictamente muchos de los países a los que hago referencia no lo sean por origen, aunque sí por lengua hablada. Es lo que tienen todos ellos en común, lo que les une, además de esa cólera imparable que tiene como objetivo a sus líderes políticos; reyes, presidentes y primeros ministros que, hasta ahora, han hecho de sus respectivos países sus patios de recreo.

Pero, al parecer, la gente está ya cansada de soportar semejante lastre. La revolución tunecina (por ser la primera) y egipcia (por ser éste un país mucho mayor, y por las profundas consecuencias geopolíticas que traerá) han abierto una puerta que hasta hace poco tiempo se creía inexpugnable, y no son pocos los que, tras otear el resquicio, pretenden colarse ahora por ella. Las autocracias que llevan gobernando sus destinos con el taimado beneplácito de Occidente se tambalean tras las arremetidas de los ciudadanos, y es el momento del cambio. Muchos se rasgarán las vestiduras, creyendo que los países inmersos en procesos revolucionarios, al incluir voces islamistas en su pluralidad, se transformarán en una suerte de Irán, plagados de muyahidín, deseosos de destruir el ‘mundo civilizado’.

Esgrimiendo estas afirmaciones, Europa y sus aliados llevan sustentando durante décadas a toda suerte de tiranos, en un intento de alejar al Islam del poder, razón que ha empujado a Israel a, en primera instancia, condenar las revoluciones: Israel, orgulloso abanderado de la democracia en Oriente Medio quién, mientras lucía su flamante etiqueta de único país plural y liberal en la región, financiaba y cubría a quienes, según ellos, les protegerían del enemigo musulmán, imponiendo políticas de privación de libertades bajo el paraguas de la seguridad, siempre presionados por ellos y sus aliados de Occidente. Para ellos, era autocracia o teocracia.


El tiempo, como suele suceder, demostrará si estaban en lo cierto o no. En cualquier caso, lo que no es aceptable es que fuerzas externas decidan unilateralmente vetar a un pueblo su derecho a decidir. Porque ése es el quid de la cuestión, la razón por la que ha muerto tanta gente en Túnez y Egipto, donde finalmente los autócratas han caído, y la razón por la que lo está haciendo ahora en Argelia, Yemen, Bahréin o Libia. Ellos quieren ser los dueños de su futuro, y están luchando por ello.

En algunos de estos países que cito, como Bahréin, el cacique de turno lleva más de 40 años en el poder. Cual sanguijuelas fluviales, han dedicado todo este tiempo a enriquecerse a costa de hundir en la miseria a sus compatriotas. Pongo Bahréin como ejemplo porque tengo la suerte de contar con testimonios de primera mano sobre la situación en el país, en el que, al contrario que lo sucedido en Egipto, por ejemplo, el ejército se ha posicionado claramente a favor del tirano, amén de los bloqueos informativos, presentes en todos los países anteriormente citados. Y, en situaciones tan inestables, contar con el apoyo de la mayor fuerza, representada por el mencionado ejército, a menudo decanta la balanza hacia aquellos a los que presta su apoyo. Esto es así porque, le pese a quien le pese, las revoluciones nacen, triunfan o perecen a sangre y fuego, desde que el tiempo es tiempo.

Ahora soplan vientos de cambio en la otra orilla del Mediterráneo, el pueblo árabe ha despertado y sus ciudadanos protestan por un futuro mejor, para ellos y sus hijos. La democracia ha demostrado en el denominado Primer Mundo que tiene muchas, muchísimas carencias pero, para ellos, supone un paso adelante. Un gran paso. Esperemos que no se caigan a medio caminar.

 

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